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miércoles, 28 de abril de 2010

L@ mUeRte de cOloSio ¿ComO @fEcTo L@S ElEcCiONeS?

La actitud de la intelectualidad ante el asesinato de Luis Donaldo Colosio no consistió en acercarse a la dimensión moral del asunto, sino por lo general en seguir con toda suerte de especulaciones políticas, como si la política –en el mal sentido de la palabra- y las tareas intelectuales tuvieran forzosamente que entremezclarse. Y con olvidos o desconocimientos: don Ulises Roca, el cacique de la novela El agua envenenada de Fernando Benítez, decía a las claras: "la política es un juego complicado; se toleran los crímenes, pero de ningún modo los errores".[191] Como se ha buscado demostrar a lo largo de esta monografía, la "generación del cambio" rompió una regla tras otra, de las tantas que durante décadas habían sostenido al régimen mexicano. Sin embargo, salvo Colosio ningún miembro de dicha generación "erró" al subordinar el poder a la ética; el "sistema" pudo seguir así funcionando mientras el crimen se llevó a quien creía "ingenuamente" –lo sabía el submundo- que el poder debía sujetarse a un mínimo de escrupulosidad. Así, el mecanismo aparentemente sobrenatural de culpas y castigos se instaló colectivamente jugando sobre otro mecanismo: el de la distribución, desde el mundo del privilegio, de legitimidades e ilegitimidades. El historiador Enrique Krauze (quien contribuyó a la elaboración del discurso del 6 de marzo de 1994 y eliminó él todas las referencias a Salinas) lo dijo a su manera: Colosio no era, a juicio del heredero de Octavio Paz, "un animal político puro", pero era en cambio manipulable (Salinas, en todo caso, así lo habría pensado, a juicio de Krauze), débil por una "fractura de personalidad" (siempre según Krauze), sin fuerza interior, al grado de que se le llegaron a nublar los ojos en los momentos más difíciles[192]y "rodeado de un sino de tragedia"(shakespeariana…para Krauze)[193], que hacía que poco antes del asesinato "flotaba en el aire una cosa muy particular", asegurando Krauze que no fue el único que lo sintió.[194] El historiador sostiene por lo demás que para diciembre de 1993 ya se veía a Colosio "deprimidísimo"[195]. Krauze sostiene que Colosio Murrieta no quería el poder y no tenía además fuerza para ello[196]pero el discurso fúnebre de Diana Laura Riojas fue en otro sentido, aunque marido y mujer igualmente hubieran preferido una vida más tranquila: el sonorense, hijo también de una tierra de misioneros (la del padre Kino) quería ser presidente para construir otro México. Por lo demás, Krauze sugiere que Salinas de Gortari se veía a sí mismo como el Plutarco Elías Calles moderno, algo que le insinuó José Córdoba al historiador[197]No podía ser más que un delirio, ya que Elías Calles fue el fundador del Estado mexicano moderno, no el encargado de liquidar ese mismo Estado bajo toda clase de artimañas, de pretextos "neoliberales" y de "integración" en el mejor de los casos global (en realidad, con Estados Unidos).
Es un tanto insólita la reacción que tuvo Elena Poniatowska ante el asesinato de Colosio: "Esta es una infamia que no había sucedido en muchos años en el país. Espero que sea un acto cometido por dos locos y no por un grupo político, porque eso nos demostraría el grado de horror al que ha llegado la política mexicana".[198] Difícilmente puede aplicársele a esa intelectualidad la frase orgullosa de Luis Colosio Fernández: "a mi hijo no le afectó el poder".[199] Carlos
Fuentes, por ejemplo, describió poco tiempo después del 23 de marzo de 1994 a un Colosio de fantasía. Alegando "no ver claro" en lo que había ocurrido, salvo por lo que el discurso del 6 de marzo pudo haber provocado, el escritor sostuvo que Colosio Murrieta era "un hombre que tenía una extraordinaria capacidad para crear alianzas, de atraer simpatías (…)", lo que pudo "haber asustado".[200] Ciertamente, Colosio buscó tender puentes con la oposición, tanto de derecha como de izquierda, pero si hubiera tenido esa "extraordinaria capacidad" de la que habló Fuentes y además hubiera gozado de tantas simpatías no se explica que haya quedado condenado al ostracismo aún estando "destapado". Colosio Murrieta, conocedor de literatura y ópera, admiraba en particular a Fuentes y al connotado intelectual mexicano Fernando Benítez. Pocos intelectuales se detuvieron muerto Colosio, con la muy notoria excepción del poeta y priísta chiapaneco Jaime Sabines, quien no escatimó palabras para realzar la calidad humana del sonorense ejecutado. "Lo admiré, escribió Sabines, lo quise, por su sencillez, su rectitud, su integridad humana". "Yo le decía, explicaba Sabines, que era como su padre, un hombre de la tierra, y que sigue siéndolo".[201]La mayoría no abundó, y en cuanto a Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, quien casi no conoció a Colosio Murrieta, aseveró: "lo hemos querido tanto"[202].
"Todo el mundo" –le tout Mexico- sabía que
el hombre de las alianzas importantes era Manuel Camacho Solís, y así lo confirma Jorge G. Castañeda en La herencia[203]En vez de trabajar desde abajo, Camacho se pasó buena parte del sexenio de Salinas haciendo eso, "alianzas" (en esa época se les llamaba "concertacesiones", en el argot político mexicano), con la idea de empujar la "transición a la democracia", en particular con la cercanía del Partido de la Revolución Democrática y de su llamado "líder moral", Cuauhtémoc Cárdenas, un también "centrista" -considerado en todo caso como lo más próximo a la socialdemocracia. Con su cercanía con la izquierda, "las organizaciones sociales", "la sociedad civil" y la intelectualidad[204]con su discurso "centrista" y seductoramente "antiautoritario", Camacho seguramente pudo ser visto como candidato a liquidar la carga de décadas de priísmo supuestamente "autoritario". En ese sentido era empujado Camacho Solís por la opinión pública –capitalina sobre todo- desde noviembre de 1993 y contra el "provinciano" Colosio. Por otra parte, el otro presidenciable, Pedro Aspe Armella, muy ligado al mundo empresarial, a la comunidad financiera internacional[205]y considerado como "tecnócrata", adalid de una política económica que benefició a muchos así haya sido con una recuperación transitoria, llegó a aparecer también como "candidato natural a la presidencia", según Jorge G. Castañeda[206]Aspe no era sin embargo un auténtico hombre del PRI, un "político", como tampoco lo era por cierto Zedillo, el último en la lista, pero el preferido de José Córdoba. Colosio se encontró ante una especie de pinza, muy bien descrita por Castañeda[207]y que, en un espectro que podía ir desde la izquierda hasta la tecnocracia, no tenía en mente otra cosa que terminar con décadas de priísmo: lo mismo, por cierto, que sugirieron textualmente los redactores estadounidenses de los Documentos de Santa Fe a principios de los "90, muchos de cuyos "blancos nacionalistas" previos en los "80 (Santa Fe I) desaparecieron (el panameño Omar Torrijos, el ecuatoriano Jaime Roldós). Para la derecha estadounidense era hora de terminar con los gobiernos "autoritarios y totalitarios" en América Latina: "A Estados Unidos –puede leerse en Santa Fe II- le es indispensable encontrar vías y medios para estimular una oposición legítima. Se están incrementando los signosde oposición al predominio de un partido único. La reforma interna del PRI (Partido Revolucionario Institucional) no será suficiente para contener el crecimiento de los partidos de oposición".[208]
Tan revueltas estaban las aguas que, al mismo tiempo, el líder obrero Fidel Velazquez llegó a sugerirle a Salinas que Aspe era el mejor candidato de remplazo, según Jorge G. Castañeda.[209] Por cierto que, siempre al decir de Jorge G. Castañeda, que más tarde la reclamaría a Córdoba estar al
servicio de Brent Scowcroft (conocido consejero estadounidense de seguridad nacional), las relaciones de Colosio Murrieta con el franco-mexicano eran ríspidas, al grado que el sonorense pensaba "desterrar" lo más pronto al "supersecretario".[210] Jorge G. Castañeda tiende a descartar una autoría intelectual de Carlos Salinas de Gortari en el asesinato de Colosio. Cualquiera sea la verdad aquí, convertir a Salinas en el único culpable diluye la dimensión colectiva del crimen.
Una excepción en la indiferencia hacia lo acontecido con Colosio pareciera ser Héctor Aguilar Camín con su libro La tragedia de Colosio, que pretende algo así como la "neutralidad" en la narración, confundiendo neutralidad y verdad, y que se limita en principio a una transcripción reducida del inmenso expediente que dio a conocer uno de los fiscales del caso, el cuarto, Luis Raúl González Pérez. En realidad, en La tragedia de Colosio, los personajes de la "versión coral", que se manejan por cierto como en familia, hablan pero no dicen. En medio de lo que por momentos vira casi a extraña tertulia entre poderosos, aparece el testimonio de un "loco", el "asesino solitario" que decidió un buen día acabar con la vida de Luis Donaldo Colosio. En algún momento, el primer fiscal, Miguel Montes, afirmó que el asesino era histriónico y mitómano, rasgos por cierto no tan raros en los círculos del poder. El dictamen oficial estableció que Mario Aburto tenía "delirio crónico sistematizado de tipo reivindicativo". Como sea, en el libro de Aguilar Camín nadie tiene realmente en sus declaraciones palabras de afecto ni valoración alguna para la trayectoria y la integridad del sonorense muerto, aunque abundan en cambio las exculpaciones y los dimes y diretes. En espejo, pareciera a la distancia que un "loco" íntegro e incapaz de disimular se cruzó con otro "loco", un mal remedo del José de León Toral, a quien se le atribuyera el asesinato "solitario" de Alvaro Obregón en 1928. Hay algo más insólito, ya que de acuerdo con el apéndice de Aguilar Camín ("El camino de Aburto"), Aburto Martínez, a pesar de venir de una familia y una edad temprana difíciles, queda como un auténtico hijo del esfuerzo, que algún día quiere "hacerla" (lograr algo, en
el lenguaje popular mexicano) y que no fuma, no bebe, no se droga, trabaja como puede y siempre que puede, es tranquilo, no demasiado mujeriego y por si fuera poco escribe supuestos "libros" sobre la injusticia social que prevalece en México. En suma, suponiendo que La tragedia de Colosio admita distintas lecturas (y no nada más una repleta de acusaciones apenas veladas contra Manuel Camacho Solís), Mario Aburto Martínez termina por aparecer en la "novela sin ficción" –como la llama Aguilar Camín- cual hijo del esfuerzo y no del privilegio, que busca "ser algo grande" y "hacer algún día algo"; alguien, en fin, que quiere justicia social y que México viva en paz, sin violencias como la de Chiapas. Otra vez, alguien como Colosio. Aburto asiste al mitin de Lomas Taurinas y sin otra intención que herirlo mata a Luis Donaldo Colosio. Luego de que casi toda la "generación del cambio" y el "Subcomandante Marcos" hayan roto con toda regla encontrada a su paso, un esforzado Aburto casi hace "algo grande" matando –sin regla alguna- a quien en Lomas Taurinas estaba rodeado de "legítimos" –aunque sufrientes- hijos de la cultura del esfuerzo, todos inocentes, salvo el mismo Aburto, que se creyó el Mesías.
A partir de aquí, tratándose de alguien que había conseguido levantar al Partido Revolucionario Institucional, Colosio llega a aparecer en realidad como un estorbo en la "transición a la democracia" que tanto interesaba a Salinas y a Camacho con tal de hacer "algo grande", y que finalmente logró Zedillo. La tragedia de Colosio insinúa y no dice nada, ni siquiera de la
memoria colectiva a la que aspira dirigirse, salvo que Aguilar Camín señala que el expediente es infernal. Aguilar Camín desliza empero algo más, nada inocente: la supuesta "gratuidad" del crimen[211]y de la "tragedia". No es todo, puesto que el mismo Héctor Aguilar Camín escribe, después de admitir que no investigó nada por cuenta propia: "la montaña de pistas falsas aportadas por periodistas independientes, testigos imprecisos, conciencias justicieras (sic) y charlatanes protagónicos, ha sido una de las fuentes mayores de confusión en las averiguaciones del caso Colosio"[212]. A tanto esfuerzo inútil, el autor opone el privilegio de un expediente interminable, pero resumido.
En toda esta monografía, y contra lo que pudiera pensarse, el personaje más importante no termina de ser el malogrado Colosio Murrieta, sino su padre, que logró convertirse en autoridad moral, algo distinto de lo "sabio" que quiso atribuirle la lideresa del Partido Revolucionario Institucional, Beatriz Paredes Rangel. No haber hecho caso del reclamo de Luis Colosio Fernández no es nada más haberse negado a la verdad: significa que la sociedad mexicana es intolerante a la autoridad moral, con esa misma intolerancia que mostró a partir del 6 de marzo de 1994 y que quiso cubrir recurriendo al expediente de culpar a un solo hombre, el ahora ex mandatario Carlos Salinas de Gortari.
Gustavo Hirales llegó a considerar particularmente encomiable la actitud de Fernández de Cevallos, el candidato del Partido Acción Nacional, de derecha (en ese entonces en la oposición) en 1994, quien dijo que las investigaciones del caso Colosio debían mantenerse en el marco jurídico de las
instituciones y no caer en especulaciones que podían confundir aún más las cosas.[213] Es el mismo Fernández de Cevallos que, arguyendo que la población estaba cansada de los fraudes del Partido Revolucionario Institucional, aseguró cuando estaba en campaña: "(…) nadie tiene seguro que el señor Colosio llegue a la presidencia".[214] Muchos años después, Fernández de Cevallos ratificó su modo de ver las cosas, su confianza en las investigaciones ministeriales y su negativa a hacer "imputaciones temerarias", aduciendo que difícilmente Salinas de Gortari podía permitirse un golpe como el del asesinato de Colosio, y que José Córdoba no tiene un "algún perfil de criminal", siendo amigo del mismo panista: "es un tipo (sic) –dijo el panista del ex "supersecretario"-al que no le conozco torceduras y, ciertamente, es hábil y tranquilo"(sic)[215]. A fin de cuentas, cuando le llegó el turno de condenar lo ocurrido en Lomas Taurinas, un consternado Fernández de Cevallos dijo: "soy un hombre que cuando tiene una alegría acude a Dios, y que cuando tiene una pena también acude a Dios, por lo que compañía de mi esposa e hijos asistí a un oficio religioso para dejar todo en las manos de Dios".[216]
Pocos días antes de morir, Colosio insistió en que quería para México un cambio con rumbo y responsabilidad. Y señaló sobre tantos habitantes de México: "(…) aún no tienen fincada en el futuro la derrota"[217]. Era el 6 de marzo de 1994.

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